Parte II: Israel fue La Atlántida
Los errores geográficos Platón

Escrito por: Jaime Manuschevich Leído 49.386 veces.

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Los errores geográficos Platón


Por qué debemos buscar la Atlántida en otro lugar


En la actualidad hay dos poderosas razones, muy relacionadas, para redefinir la posición del legendario territorio, si es que aceptamos como una realidad su existencia.

La primera y más poderosa razón es que no está sumergida donde se suponía: el océano Atlántico. Durante dos milenios y medios, el lugar donde había estado la mítica isla no fue puesta en duda, sobre la base que una fuente muy respetada –Platón- definía que allí se encontraba. Sin embargo, esta aceptación generalizada quedó claramente cuestionada a raíz que la exploración del fondo de ese océano fue demostrando no existía ninguna prueba geológica o arqueológica de que hubiera una isla hundida allí en los tiempos señalados por el filósofo heleno. El reconocido explorador submarino Robert Ballard, que participó y encabezó varias expediciones al fondo del océano Atlántico, fue claro en sus conclusiones: “Si la Atlántida estaba en algún lugar al oeste de Gibraltar, más de 20 años de exploración de las profundidades del mar habría revelado algún indicio de su súbito final… La Atlántida, si existió, estaba en otro lugar”.(J. Manuschevich, página 46; C. Pellegrino; páginas 34-35)

La segunda gran razón proviene del mismo Platón. El expresamente señaló que Solón cambió todos los nombres que originalmente le dieron los egipcios: “Sin embargo, antes de ir más allá con en la narración, debo advertirles, que ustedes no deben ser sorprendidos si quizás oyen nombres helénicos dados a los extranjeros. Le diré la razón de esto: Solón, que se proponía utilizar el cuento para su poema, investigó en el significado de los nombres, y encontró que los primeros egipcios, al escribirlos, los habían traducido a su propio idioma, y él, recuperó el significado de varios nombres, y al volverlos a copiar, los tradujo a nuestro idioma”.(Critias, 113)

Esta frase nos señala con absoluta claridad que ninguno de los nombres usados por los griegos son los originales, que fueron modificados de un idioma semítico o afroasiático, el egipcio, a un idioma indoeuropeo, el griego, con toda la dificultad que puede llevar una traducción de esta envergadura, obstáculo que adquiere mayor complejidad porque desconocemos los niveles de conocimiento del egipcio que poseía Solón y con quienes realizó tales traducciones. Por tanto, en estricto sentido, cabe la posibilidad que todos o muchos de los nombres usados en el mito pueden estar equivocados y, nos guste o no, carecer de valor para identificar algún lugar o territorio en específico. Para ser rigurosos, debemos volver a reinterpretarlos, a partir de los niveles de conocimiento de la historia que hoy tenemos.

Estas dos sólidas razones nos obligan a dar un curso totalmente distinto a la investigación, para indagar por qué hemos estado desorientados todo este tiempo y cuales pueden ser los verdades lugares a los que hacían referencia los egipcios.


Antiguos conocimientos geográficos comparados


Quizá el principal error de todos aquellos investigadores profesionales y aficionados que se han dedicado a ubicar esta isla perdida a lo largo de miles de años ha sido considerar este mito como una leyenda griega, sin admitir que tiene su origen y su raíz en el antiguo Egipto. Los griegos lo tomaron del Nilo, tal como apunta la leyenda: “si Solón (...) hubiera terminado el relato que trajo con él desde Egipto (...) habría sido tan famoso como Homero o Hesíodo, o cualquier poeta” (Timeo, 21). El objetivo de su recopilador, Solón, como ya vimos anteriormente, era adaptarlo y modificarlo para que fuese comprendido y aceptado por la civilización helénica, espacio cultural donde pretendían transformarla en una epopeya al estilo homérico.

Y en esto el legislador griego logró plenamente su objetivo. De hecho, casi hemos olvidado el origen del mito y en la práctica no sabemos cuanto forma parte de la leyenda egipcia y cuanto es agregado de la adaptación griega realizada por sus reformuladores.

Lo que si sabemos es que hay diferencias significativas entre una sociedad y otra y en particular en materia de conocimientos marítimos, lo que nos permite por esta vía separar un componente de otro. Desde este punto de vista, los helenos fueron avezados marinos en el mar Mediterráneo. Por el contrario, los egipcios jamás se dedicaron a la navegación de altura, actividad que les que hubiese permitido recoger efectivamente más información geográfica de este mar. De hecho, todo su comercio conocido en este mar abierto dependió de los minoicos en un comienzo, luego de los fenicios y posteriormente de los griegos y romanos.

En tiempos remotos, los egipcios sólo navegaron por el río Nilo y por el mar Rojo, según nos muestran sus propios registros históricos. Por tanto, tenían un nivel de información de la geografía mediterránea mucho más precario que el rango de conocimiento que disponían los griegos, ya que jamás habían incursionado directamente en ese mar.

A partir de esta diferencia en los niveles de los conocimientos geográficos entre ambas culturas, es fácil desprender que los egipcios le dieron nombres distintos a Solón, con una descripciones física o topográfica de los lugares, y que éste, en su intención de hacerlo comprensible para los helenos, les asignó -o los tradujo según su propia definición- los nombres a los lugares que hoy conocemos del mito. Esta modificación de los nombre entregados por los egipcios es señalado expresamente en el mito, como ya vimos. (Critias, 113)

Y sin duda, para conservar la fidelidad del relato, asignó los nombres comparando las descripciones físicas de los sitios proporcionado por los egipcios y los conocimientos topográficos que él mismo disponía. Pero tiene que haber sido el filósofo y no Solón, quien estableció que este continente o isla perdida estaba en el entonces desconocido mar Atlántico, más allá de un estrecho, que clasificó como actual el Gibraltar o el antiguo de Columnas de Hércules, ya el legislador vivió antes de que ese nombre fuera establecido.

Por tanto, para reponer la visión original de los egipcios y establecer la correcta posición de la isla, hay que analizar los conocimientos geográficos de los griegos, compararlos con lo que sabían los egipcios y concluir si estamos hablando de la misma geografía.


El océano Atlántico y las Columnas de Hércules


El nombre del océano Atlántico para identificar el mar que se encontraba más allá de las Columnas de Hércules, y lugar hipotético de ubicación de la isla, recién es utilizado por primera vez por Heródoto de Halicarnaso, una generación antes de Platón, y por tanto la designación de este patronímico es posterior al mismo Solón: “El nombre de mar de Atlántida, por lo menos para una parte de lo que denominamos el Atlántico Norte se utilizaba una generación antes que naciera Platón. Aparece por primera vez en Heródoto en la forma de ‘el llamado mar de la Atlántida’ y el nombre parece haberse desarrollado sin referencia a la leyenda de la Atlántida. Heródoto (...) conocía una tribu llamada de los atlantes que vivían en un oasis en el desierto [marroquí] a gran distancia hacia el oeste de Egipto. Derivaron su nombre de una montaña llamada Atlas”. (Pellegrino, C. 1997)

Asimismo, el solo hecho de indicar que este mar estaba más allá de las llamadas columnas de Hércules, también presenta otro serio problema geográfico en relación a los conocimientos de los egipcios sobre esta área, por cuanto este estrecho no fue visto como una unidad topográfica que pudiera ser usada como una referencia hasta muy entrada la historia. “Las columnas de Hércules eran el peñón de Gibraltar (que en la Antigüedad se llamada Calpe o Alybe) y el monte Abyla en África, al otro lado del estrecho de Gibraltar, cerca de Ceuta. Estos dos hitos dominaban el paso entre el mundo conocido, las orillas del Mediterráneo, y el mundo desconocido del océano Atlántico”. (Evans, E., Cayse, G.; Richards, D., 1993)

Por tanto, la afirmación que la Atlántida estaba mas allá de las Columnas de Hércules recién es válida sólo a partir de la expansión de los griegos y las culturas posteriores. Pero no lo era para los egipcios, ya que tal estrecho, de conocerlo, lo verían como dos elementos geográficos separados: Alybe y Abyla, no como un estrecho, tal cual lo veían todas las otras civilizaciones antiguas.

Esta primera comparación nos señala que es imposible que los egipcios hubiesen señalado a Solón que la posición de esta isla o continente estuviese en el océano Atlántico, un océano que era totalmente desconocido para los egipcios. De hecho, la isla de Creta, ubicada a sólo 450 kilómetros del delta del Nilo, era una realidad muy distante para ellos, ya que el “papiro Ipuwer utiliza la frase ‘tan lejana como Keftiu [Creta]’”. (Pellegrino, C. 1997)


Los griegos desconocían la existencia del mar Rojo


El siguiente vacío del análisis clásico, es no asumir que los helenos, al hacer el estudio de la geografía para ubicar el continente, no consideraron al Mar Rojo, pues desconocían totalmente su existencia, según se puede constatar en el mapa del mundo confeccionado por Anaximandro de Mileto, que fue un importante filósofo griego del siglo VI. A este pensador, que habría nacido en torno al año 610/609 y fallecido el 545 antes de la era común, se le atribuyen la autoría, aparte de cuatro libros -Sobre la naturaleza, Perímetro de la tierra, Sobre las estrellas fijas y una Esfera celeste- de un mapa-mundi. Diógenes Laercio (II, 2) nos dice que Anaximandro fue el primero en trazar el perímetro de la tierra y el mar y construyó también una esfera celeste, es decir una carta de los cielos. Agatémero (I, 1) y Estrabón (I, 7) informan también que Anaximandro dibujó un mapa de la tierra habitada, que fue perfeccionado posteriormente por Hecateo de Mileto. Su mapa-mundi es un diseño circular, en el que las regiones conocidas (Asia y Europa) formaban segmentos aproximadamente iguales y todo ello rodeado por el mar Okéano, que incluía lo que denominamos hoy océano Atlántico. Allí no se consignaba la existencia del Mar Rojo, entre Arabia y Egipto. (Heródoto, IV, 36). Estos conocimientos geográficos de Anaximandro se basaban en las noticias de navegantes que eran abundantes y variados en Mileto, centro comercial y de colonizaciones.

Solón, que nació el año 639 a.e.c. y murió el 560 a.e.c, período muy cercano a Anáximadro, sólo pudo disponer de esa información existente en la época. Esto lo llevó a situar la isla en un lugar al oeste del Mediterráneo, ya que esa tierra estaba “más allá de los estrechos”, y para él solo existían los de estrechos de Messina (Sicilia) y de Heracles (Gibraltar actual). Como desconocía el Mar Rojo, no sabía de la existencia de los estrechos de Bab el-Mandeb, Eilat o Tirán y Suez, como se puede apreciar en un mapa real de la región.

Esto lo llevó a otro error clave.


Un mapa al revés o mares equivocados


Platón, sólo conocedor del mar Mediterráneo y el Atlántico, al efectuar los cambios de nombres ya señalados, da por hecho que el mar Rojo es el Mediterráneo, sin tener en cuenta que este mar era completamente desconocido por los egipcios.

El mar conocido por ellos era el Mar Rojo, que a su vez era desconocido por los griegos. Para los antiguos egipcios este último mar era el familiar, que conocían de punta a cabo; éste era el mar que tenían al frente de todo el Nilo, que era su principal ruta de navegación.

Si se observa la forma de evolución de la cultura egipcia, en el valle de Nilo, se verá que los asentamientos más modernos están cada vez más cerca del Mediterráneo. De hecho, Avaris, sede de los faraones hicsos de la Dinastías XV y XVI, está a no más de 20 kilómetros del Mediterráneo. Desde Menfis, centro político de las dinastías VI a VIII, hay 200 kilómetros a la costa mediterránea y 150 kilómetros a la costa del Canal de Suez, estableciendo una equidistancia de ambos mares; Tinis, centro del periodo pretinita y las tres primeras dinastías de la civilización egipcia reconocida por los historiadores, está a 300 kilómetros del mar Rojo, en tanto está a más de 500 kilómetros de Gizeh y a 700 kilómetros del Mediterráneo. Ombo, centro importante en el período predinástico, previo al pretinita, está a 300 kilómetros de Mar Rojo y a 1.100 kilómetros del Mediterráneo. Es obvio que en la cultura egipcia se sucede un desplazamiento paulatino de la importancia del Mar Rojo en beneficio del Mediterráneo, en la medida que en este mar se van generando nuevos focos comerciales, se coloniza el delta y un poder político emergente se desplaza hacia el norte.

Una prueba del nivel de conocimiento que tenían los egipcios del mar Rojo es una expedición al Punt, en la actual Somalia, en el cuerno de África, efectuada bajo el Faraón Pepi II, de la VI Dinastía, hacia el 2.300 A.E.C, que según algunos historiadores se hizo por tierra, en tanto otros sostienen que se hizo por mar, tal como señalan los mismos egipcios. “Pepi II decidió enviar un barco al país del Punt, es decir, a un lugar en la costa de Somalia. El punto de embarque debía encontrarse sobre la costa asiática del Mar Rojo”. (Driotón, E., Vandier, J., 1964)

De estos hechos existe la historia de un famoso enano que le trajo la expedición al Faraón, el cual pide al jefe de la expedición que se extreme su cuidado: “Cuando suba a bordo contigo, escoge a dos hombre de confianza para que estén constantemente a su lado y no le dejen caer al agua”, (Grinberg, C., 1985) petición que ratifica el carácter de expedición marítima, imposible de efectuar por el Nilo.


El Punt, un nombre clave


Este territorio africano está directamente conectado con los fenicios, ya que también eran denominados punitas o tirrenios, tomando su nombre original del extremo sur del Mar Rojo, en Somalia. Según la tradición histórica, hacia el 3.500 A.E.C., la zona de Fenicia “fue invadida por un pueblo de origen semita proveniente de Punait (hoy Somalia, en la parte meridional del Mar Rojo), y por eso a los fenicios se les conoció también con el nombre de poeni o puni”. (Podesta, L.A., 1946)

Este hecho, desconocido por Solón, probablemente lo lleva a redactar esta confusa frase: “los hombres de la Atlántida habían sometido las partes de Libia dentro de las columnas de Hércules hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia” (Timeo, 25). En esta redacción es obvio que hay una separación entre un territorio y otro, uno dentro y otro fuera, lo que refleja una cierta confusión geográfica, ya que todos los territorios reales aquí señalados están “dentro” de las Columnas de Hércules, es decir, dentro de la cuenca del Mediterráneo.







Es probable que cuando los egipcios le trasmitieron la información a Solón, le señalaron que Egipto y Libia estaban dentro de un o unos estrechos, que puede ser tanto el actual canal de Suez o el estrecho de Tiran, o incluso el Estrecho de Bab el Mandeb, que conecta el Mar Rojo con el Mar Arábigo, estrecho desconocido por los griegos, que es asumido por Solón como las Columnas de Hércules; en tanto, esa misteriosa Tirrenia, no lo estaba.

Hoy no sabemos con certeza que zona consideraban los antiguos egipcios como el “frontis costero” de su país, que podía ser tanto la costa mediterránea actual, la zona del delta, o las costas del mar Rojo, su mar conocido. Pero lo más probable, por el proceso de expansión cultural señalado anteriormente, es que los antiguos egipcios consideraran la costa del mar Rojo su frontis costero, pero al momento de transmitir el mito ya fuera el Mediterráneo, lo que se expresa en esta extraña redacción.

Por tanto, en cuanto a este misterioso segundo territorio, lo más probable es que los egipcios se hayan referido al Punt, que efectivamente está fuera de cualquier estrecho, lo que lleva a Solón a separarlo como párrafo, porque no coincide con sus conocimientos geográficos, pero omite expresamente esta exclusión.


¿Punitas o tirrenios?


Esta confusión lleva a Solón o Platón a cambiar el nombre de Punt por Tirrenia, nombre que daban los griegos a la región que forma parte del sur de Italia actual, Sicilia, y parte del norte de África que está al frente, donde estaba Kart-Haddatch, o Cartago, siendo estas regiones importante zonas colonizadas por los púnicas o fenicios, autodenominados cananeos. Debió considerar, con plena legitimidad, que los egipcios debían darle el nombre de Punt a esa zona, asociado a los mismos fenicios o púnicos, también conocidos como “tirrios” por los griegos, por provenir de Tiro, ciudad fenicia en la costa de Canaán.

Toda esta traducción sería, a juicio de Solón, una correcta interpretación según los antecedentes geográficos disponibles por los griegos de aquella época. De hecho, el mar que está entre Sicilia y África aún se llama Mar Tirreno.

Este gran desplazamiento de los cananeos, fenicios, púnicos o tirrios, sin duda llevó a otra confusión a los griegos.


¿Arabia o Europa?


El texto nos señala que “en esta isla de Atlántida había un imperio grande y maravilloso que regía la isla entera y varias otras, y gobernaba las partes del continente, y, extendiendo su gobierno, los hombres de la Atlántida habían sometido las partes de Libia dentro de las columnas de Hércules hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia” (Timeo, 25).

Pero sin duda, al quedar establecido que la Tirrenia de Platón es realmente el Punt, es claro que el otro territorio mencionado no es Europa, sino la región que está justamente al frente de Somalia actual: la península arábica.

Si asumimos que Canaán, el Israel actual, era la isla mítica (Manuschevich, J., 2002), y que las coordenadas y lugares que señalo en mi libro son correctos, el mito de la Atlántida es muy claro respeto a esta relación con el territorio que hoy constituye la península arábiga: “la isla [de K´naan] era más grande que [las islas] de Libia [zona alta alrededor de Bengasi] y Asia [antiguo nombre egipcio a la isla de Chipre] juntas y eran el camino a otras islas, y de éstas usted podía pasar a todo un continente del frente que rodeaba un verdadero océano; este mar [mar Muerto actual] que estaba dentro de los estrechos de Hércules [Eilat-Tiran] tenía solamente un puerto, [Jericó] pasado una entrada estrecha [Bab el Mandeb], pero ése otro era un océano, [Mar Arábico] y la región circundante [Arabia] se puede llamar verdaderamente un continente ilimitado” (Timeo, 24-25).

Sólo con esta mirada de la situación es posible entender este párrafo tan complejo que ha llevado a muchos a suponer que la isla misma fuese un continente o una isla-continente, pero el autor claramente está hablando de un mar y de un océano y está refiriéndose a dos territorios, a una isla –“dentro de los estrechos de Hércules”- y a un continente frontero ilimitado que estaba rodeaba por un océano, tal cual es la situación de la península de Arabia, que está rodeada en parte por el Mar Rojo, luego por el Mar de Arabia y finalmente por el Golfo Pérsico.


La expansión de los natufitas


Analizando este territorio, llama poderosamente la atención que la ciudad de La Mekka esté asentada en un punto equidistante de los dos extremos del Mar Rojo. Además, está muy cerca de la costa, a pocos kilómetros del moderno puerto de Jidaa y curiosamente casi al frente de Puerto Sudán, en la costa occidental del mar Rojo. Estas características de su asentamiento apuntan a que fue fundada conscientemente como un punto intermedio del recorrido marítimo realizado por los antiguos atlántidos en su proceso de expansión por el mar Rojo, miles de años ante de la era común, en plena prehistoria, jugando un papel clave en las rutas comerciales entre la Isla de K´naan, Kush (el Alto Egipto), Mineo-Saba (Arabia-Yemen actual), y tal vez con la naciente cultura dravidiana del Indo, en el Puntjab, contribuyendo a cerrar un círculo comercial neolítico que se extendía en el norte por toda la parte septentrional de Mesopotamia, Palestina, Anatolia y Creta.

También, otra prueba adicional de la gran influencia temprana de los atlántidos en la zona se encuentra más sur, en el actual Yemen, donde existió en una remota época, entre el 2.500 A.E.C. hasta el 700 A.E.C., el antiquísimo reino Mineo que “fue célebre no sólo por sus riquezas provenientes proveniente de la exportación de las aromas locales y de los tráficos de materias preciosas con la India y el África –lo que llevó a los griegos a calificar a esta zona como la ‘Arabia Feliz’, por sus fabulosas riquezas- sino también por la presa que uno de sus soberanos hizo construir en Ma´rib”. (Grinberg, C., 1985).

Este reino estaba ubicado en la parte norte de Yemen actual y es mencionado en antiguos escritos “hasta el siglo XII antes de J.C. Sobre su vecino meridional, el estado de los sabeos, dan cuenta los escritos del siglo IX antes de nuestra era”. (Grinberg, C., 1985) Junto a este reino existió el mítico el reino de Saba, reino que tiene fuertes y antiguos lazos culturales con Etiopía en África, justamente el Punt. “Recientes descubrimientos arqueológicos han revelado los restos de palacios monumentales, estatuas y textos epigráficos que nos dan cuenta de la grandeza alcanzada por dichos reinos”. (Grinberg, C., 1985) Sin embargo, la arqueología –que sólo inicio sus excavaciones por un período muy breve en 1928- no ha podido estudiar a fondo tales lugares por dificultades políticas de diverso orden, ya que los investigadores han tenido que huir en varias oportunidades ente el riesgo inminente de sus vidas. Sólo muy recientemente (dos años atrás) se ha podido reiniciar la exploración, descubriendo “el Templo de la reina de Saba”, que tenía en su centro un toro. Hasta ahora ni la historia ni la arqueología han dado respuesta completa al origen de estos reinos contemporáneo a Sumer y Egipto, que les compitieron en esplendor en el pasado remoto.


Conclusiones


La primera conclusión clara de este análisis comparado de los conocimientos geográficos entre griegos y egipcios, es que la ubicación de la isla mítica en el océano Atlántico no fue señalada por los egipcios, sino que fue una conclusión a la que llegó Platón al analizar el relato de Solón.

La segunda conclusión es que los griegos giraron los mares, confundiendo los mares Rojo y Mediterráneo, por una parte, y este último con el océano Atlántico.

La tercera conclusión es que las reorientaciones cardinales de estas deducciones nos llevan indefectiblemente a ubicar la Atlántida en el Mediterráneo Oriental.

La cuarta conclusión es que las limitaciones de los conocimiento que los griegos tenían sobre la región del Medio Oriente, han contribuido a la confusión sobre la ubicación de la mítica isla.


Referencias


Pellegrino, C. (1997) El Misterio de la Atlántida. Buenos Aires. Javier Vergara Editor S.A.(pp. 64)

Evans, E., Cayse, G.; Richards, D. (1993), Misterios de la Atlántida. Madrid. Editorial EDAF S.A. (pp. 28)

Driotón, E., Vandier, J., (1964), Historia de Egipto, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires (pp. 178).

Grinberg, C., (1985). Historia Universal, Tomo II, Santiago de Chile, Editorial Ercilla S.A. (pp. 152)

Podesta, L.A., (1946). El Antiguo Oriente. Buenos Aires. Editorial Guillermo Kraft. (pp. 146)

Manuschevich, J. (2002) La Atlántida: el mito descifrado” santiago de Chile, Autoedición. (pp. 51-74)


 





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